Plantando antenas

Mimetizar lo es todo. Ya no solo nos limitamos a las arrugas, los kilos de más, los secretos familiares, la corrupción o las infidelidades. Ahora también usamos la mimetización para disimular una antena de telecomunicaciones entre el verdor de las ciudades. Tales árboles fake se están convirtiendo en parte del paisaje citadino. 

Ante esta nueva tendencia en comunicaciones, me puse a recordar mi viaje a la amazonía peruana hace dos años. Estuve desaparecida para mi familia durante dos maravillosas semanas (maravillosas para mí). Tal vez ellos pensaron que la gran boa del Amazonas me había tragado, o que el Chullachaqui (espíritu demoníaco de la selva) me había secuestrado. La verdad era que, simplemente, me quedé sin señal en el celular. Totalmente desconectada del medio mundano, pero pasándola de lo lindo. Fue genial para mí porque eran mis vacaciones, pero no siempre lo es cuando vives constantemente en esa situación. Ante una emergencia, incomunicados, se tardaría horas en pedir ayuda. Ahora me doy cuenta. Solo debí haber buscado una antena cercana y llamar a mi familia. Tarea casi imposible, no habían antenas.

Y esa situación se vive en varios sitios del Perú. Sobre todo donde hay montañas y árboles gigantes. Es por eso que, desde este año, se convirtió en norma legal plantar antenas. No se harán en medio de la Amazonía (creo). Pero sí en las principales ciudades.  Algo que los limeños ya veíamos venir desde hace varios meses y llamaba la atención o causaba las más irritantes críticas ecológicas. “Nos quieren engañar con árboles de plástico y metal, en vez de plantar árboles de verdad”, fui una de mis primeras reacciones.  Y ahora, hasta gracioso me parece. 

El mundo está cambiando al mismo ritmo de las actualizaciones del sistema de nuestros teléfonos celulares.  Para muchos, estar comunicados y poder expresarnos se ha convertido en un derecho natural, en consecuencia, ello conlleva a la ampliación del rango de señal comunicativa para nuestro dispositivos.

Ahora, gracias al GPS, llegamos a lugares que antes eran considerados ‘vírgenes’.  Y algunos usuarios de la tecnología exigen tener el mismo nivel de señal en nuestros teléfonos tal como si estuviésemos en una urbe. ¿Loco, no? 

Pero la cosa no solo es a nivel usuario, el mundo de los negocios y finanzas también está creciendo, y lo está haciendo de la mano de la tecnología. Y como Perú, en especial Lima, no es ajena a tal demanda comunicativa, también hemos empezado a sacrificar algunos espacios y vistas de altura para empezar a plantar antenas. Tal vez criticaremos al principio, pues dicha situación evidencia cada vez más la plasticidad de nuestra existencia actual, pero al final gozaremos con los resultados de estas antenas. Al menos en el ámbito comunicativo. De las consecuencias en la salud, mejor ni hablemos. 

Sea superficial, sea irrisorio, sea saludable, sea tóxico, sea antiecológico, sea tecnología mimetizada con el paisaje para reducir el impacto visual y psicológico de las personas, sea lo que sea, es una realidad. Alrededor de 15 mil antenas serán plantadas en mi país durante los próximos dos años.

Esta entrada no es una crítica ni mucho menos pretende promocionar estos nuevos elementos en la ciudad. Solo la he escrito para hacerte parar un momento en medio de la calle y mirar hacia arriba. Cuéntame, ¿cuántos árboles a tu alrededor son reales y cuántos son antenas?

 

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