Él la miró, ella sonrió.

Fue coqueteo puro. En ese momento, ella no tenía ni idea en qué se estaba metiendo, solo sonrió. Estaba acostumbrada a hacerlo por cualquier cosa. Una sonrisa siempre relaja el incómodo momento de la primera vez. Él respondió a su sonrisa… y solo en ese instante, ella se dio cuenta de que había perdido el control de la situación. Un año después, ese intercambio de sonrisas dio como resultado un “te amo”… ya todo estaba echado a la suerte, el destino había hecho de las suyas. Otra vez.

Aún con un amor del pasado en la mente, ella no podía sacar de su cabeza la sonrisa de aquel extraño que solo usaba jeans rotos y chancletas. Era curioso y hasta gracioso. “Nada que ver. No es mi tipo. No es mi estilo”, se dijo y pasó la página. Pero los días y el destino jugaron su juego sucio, como casi siempre lo hacían con ella. Y entonces, por las siguientes seis semanas, le tocó verlo cada día. Cada vez más cerca a él, ella seguía resistiéndose. “No es mi tipo”, se repetía.

¿Y cuál era su tipo? Ni ella sabía. Su últimos tipos habían sido un crush de su adolescencia, un buen muchacho limeño con opciones sexuales múltiples, un sofisticado one-night stand inglés, un gaucho idealista, un malabarista bonaerense y un joven de oriente medio que estaba más conectado con el vegan style y con la ayahuasca que con ella misma. ¡Vaya historial el de esta chica! (Já) Y luego venía este hombre, de peinado desordenado, cigarrillo en los dedos y mirada distraída, sonriéndole todo el tiempo. Y encima, ella tenía que enseñarle español. ¡Ayayay!

Sí, era su estudiante de español. ¿Cómo le enseñas un idioma tan emocional a un alemán que “te hace ojitos”? Fueron semanas duras. Una lucha disimulada entre el profesionalismo y las descargas eléctricas en el cuerpo. Al final, se lograron los objetivos. Él aprendió y entendió lo pasional y emocional que puede llegar a ser el idioma español. Y la profesora aprendió a ver a su estudiante de forma diferente.

Pero esta historia solo fue el preámbulo a la historia de amor que se venía después del final del curso. Solo bastó un intercambio de números telefónicos y muchas conversaciones de Whatsapp para que la magia haga su trabajo. Ella se reconoció a sí misma en él. Ella solo cumplió su trabajo enseñándole un nuevo idioma, pero él le enseñó una nueva forma de amar: con respeto, con aceptación, con pureza, con paciencia, con realidad, con verdad, con suavidad, con alegría, con bondad, con simpleza…

Y como pasa en cualquier historia de amor intercultural de este tipo, en algún momento, los amantes se tienen que separar. Y así les pasó a ellos, no querían, pero se tuvieron que separar. Y fue entonces que la verdadera prueba de fuego empezó. Sí, empezó el fuego, y mucho. Todo se acomodó. Ambos se unieron aún más, a pesar de estar a kilómetros de distancia.

Ya pasó un año desde ese momento electrizante de intercambio de miradas y sonrisas. A estos dos exploradores del amor, les llegó su momento en el preciso instante: no antes, no después. El futuro continúa incierto, pero al menos hay voluntad de empezar algo bueno y sano… en donde no había nada.

Espero que esta historia les haya gustado e inspirado a seguir tercos en este loco e impredecible sentimiento que es el AMOR.

PD.: por cierto, la protagonista tiene mi nombre y el hombre de la historia le ha enviado esta foto antes de irse a dormir.

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