Los pollitos de papá

En mi país, había una costumbre urbana de cambiar pollitos por botellas de vidrio. Este trueque tan común entre los niños peruanos de los ochenta y noventa con los tricicleros (recicladores) vino a mi memoria el día en que mi papá decidió comprar pequeñas mascotas de plumas amarillas. Sí, en pleno 2019, yo tenía pollitos en casa otra vez, como cuando era niña, pero esta vez no por mí o algunas de mis hermanas, sino por culpa del mismísimo patriarca de la familia. Capricho o no de mi viejo, el asunto es que estos benditos pollitos se convirtieron en los nuevos herederos del apellido.

A simple vista eran bonitos y hasta adorables, podría decir. Los pollos nunca fueron mi mascota predilecta, ni siquiera los perros (como lo es ahora), ni hablar de los gatos (los odiaba). En mi niñez, soñaba con criar patos tan solo para verlos nadar dentro de una batea medio llena con agua. Pero, en mis tiempos, como toda niña decente de barrio limeño, tenía que tener pollitos amarillos como consecuencia del exceso de botellas de vidrio en mi casa.

Me acostumbré a ver a estos animalitos emplumados caminando por el patio mientras picaban el suelo en busca de lombrices, pero también me acostumbré a verlos morir a los pocos días de su llegada a casa. Muchos de estos animalitos no resistían el ambiente, la contaminación, el agua, el tipo de comida, o yo no sé qué otro factor causante de sus cortas vidas. Casi nunca vi crecer a uno de ellos, fuertes y gordos. Los dos o tres que lo lograron, terminaron en algunos de los deliciosos guisos de mi madre.

Sin embargo, sorprendentemente, los pollitos de papá pasaron la edad crítica. increíblemente, crecieron sanos y robustos, pero también malcriados. Papá puso mucho esfuerzo en su crianza y alimentación. Creo que ni siquiera mis hermanas o yo hemos gozado de tantos mimos paternales durante nuestras vidas. Tenían una dieta especial basada en granos andinos y vegetales frescos, también tenían horario de recreo y tiempo para explorar por la casa, lo cual implicaba sanitario improvisado en cada esquina o rincón de las habitaciones. Ni hablar de las nuevas reglas impuestas a mi perrita. Ella estaba terminantemente prohibida de siquiera olerlos. Para papá eran niños, eran sus niños. Y no puedes meter en jaulas a tus niños, entonces eran amos y señores del hogar ante la mirada contemplativa de mi padre.

La situación se salía de control, así que un día decidí improvisar una jaula y corretear a los ocho pollos por toda la casa para encerrarlos. Me tomo casi toda la mañana, pero al fin encerré hasta el último pollo escurridizo. Cuando papá llegó al mediodía, su rostro reflejaba tristeza. En ese momento me di cuenta de que los pollos no solo eran sus mascotas queridas. Esos plumíferos representaban el escape mental de mi padre para poder superar la muerte de mi madre y la jubilación. Esos benditos pollos y sus travesuras por toda la casa le daban, a mi padre, algo para hacer y mantener la mente ocupada. Aún así, no di un paso atrás. Estaba más que segura de que mi padre rompería mis reglas para con sus pollos apenas yo me fuera a trabajar. Y así sucedió. Y muchas veces.

Algunos meses más tarde, la convivencia entre los pollos de papá y yo mejoró. Casi me acostumbré al caos. Es más, me esforcé por ignorarlos. Tenía la certeza de que sus días, correteando por ahí en dos patas, estaban contados. Y así fue.

Con el avance del embarazo de mi hermana y la pronta llegada del nuevo bebé a casa, mi padre eligió sabiamente. Un domingo cualquiera, almorzamos pollo cocinado al horno. Los siete restantes permanecieron en la refrigeradora para el resto de la semana. Tengo que decir que el sabor de las mascotas de mi padre no era de lo mejor, pero la satisfacción de comerme el caos… eso, sí lo era.

Papá no lucía tan triste como lo pensé. Iba a tener un nieto varón por primera vez. Eso era una alegría que superaba en demasía la pérdida de sus pollos.

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