El muelle que nos separa

Parece que fue ayer cuando cuando te conocí gracias a ese muelle en el medio del mar. Y, también parece que fue ayer cuando tuve que dejar de tocarte y empezar a mirarte a solo unos pasos de mí. Todo es culpa de ese barco. Ese fatídico día en el que ese monstruoso barco rompió nuestro muelle.

Nuestra naturaleza no fue hecha para nadar en el agua. Nuestros cuerpos solo se hidratan con rocío matinal y brisa invernal. Ni tú ni yo podemos tocar el agua. Eso significaría nuestra muerte casi inmediata. Solo podríamos sobrevivir unos cuantos minutos, agonizando. Minutos que estoy dispuesto a sufrir si eso me permite volver a tocarte las manos y mirar profundo en tus ojos color cielo.

Hemos estado parados al borde de cada lado roto del muelle durante cada mañana, tarde y noche de nuestras breves vidas… y ya se siente como mucho tiempo. “¿Cómo te sientes hoy?”, “No hubo mucho que hacer en la comunidad”, “Cada día esta separación entre las comunidades nos desabastece más de las provisiones que necesitamos”, “Te extraño”, “Te quiero”, “No sé cuánto más podré soportar sin ti a mi lado”. Frases van, frases vienes de los dos lados del muelle.

Aquel barco fue construido por ambas comunidades para el intercambio comercial más rápido y eficiente entre nuestras comunidades, pues, el muelle no soporta tanto peso y tránsito constante. Pero una falla mecánica, mejor dicho, una falla humana, tiró a la basura sueños de unión y prosperidad entre ambos vecinos a los dos lados del muelle. Vivir rodeados de agua no es fácil para seres que no se pueden mojar, vivir así es aún más difícil cuando se está enamorado y hay un muelle roto y un barco hundido en el mar.

Pero ya no lo podemos soportar más. Una tarde cualquiera, exactamente a la puesta de sol, nuestras miradas fueron aún más profundas, y ahí, parados en los extremos, sin palabras, nos dijimos todo. Esa noche volveríamos a tocarnos.

Todo era propicio para el encuentro. La marea era baja, pues la luna ya se había ido hace algunas noches. La completa oscuridad era nuestra cómplice. Salí de casa y aceleré el paso hasta el muelle. Allí estaba ella, preciosa y vestida de blanco. Sin pensarlo, sin decir palabra, me lancé al mismo ritmo del de ella. Inmediatamente el frío del agua fue consumiendo nuestros cuerpos, unidos al fin. Una danza acuática era presenciada por las pocas estrellas que nos acompañaban esa noche. Nuestros cuerpos eran consumidos por el amor eterno y por las cada vez más heladas aguas de aquel cruel mar que jamás entendió nuestra naturaleza.

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