Yo también la escuché

Cuando viajé a la selva del sureste de mi país, mi mayor miedo fue ser devorada por las hormigas gigantes o ser picada por algún mosquito portador de alguna enfermedad. Pero nada de eso pasó. A decir verdad, la pasé muy bien y mi hotel era de lo mejor: tan silvestre y lujoso a la vez. Esos fueron unos días estupendos, de encuentro con mi locura y la naturaleza. Todo andaba perfectamente en mi mente y corazón. Todo, hasta que escuché lo que escuché aquella noche…

Esa noche, nadé un poco en la pequeña piscina artificial a un lado del río, luego fui al baño para cepillarme los dientes y bueno… hacer lo que, orgánicamente, todos hacemos cuando vamos al baño. Mientras pisaba los troncos cortados y acomodados a modo de escalera rumbo a mi habitación, oí una voz. Puse toda mi atención en el sonido. Provenía de la dirección del río. “Ven” decía. Aceleré el pasó rumbo a mi cuarto, llegué a la puerta y de inmediato entré en el ambiente, con un dedo, moví el cerrojo y bloqueé la puerta desde adentro.

“Ven, ven, aquí”, la voz era femenina y cada vez más clara en mi oído. Mi mente divagó y por un instante pensé que “eso” estaba en mi habitación, encendí la luz. Nada. Solo mi ropa y accesorios tendidos como adornos por todos lados a donde mirara.

“Ven” seguía escuchando. Respiré muy rapidito y aún sosteniendo el aire en mis pulmones, asomé mi mirada entre las cortinas sin abrir la ventana. Solté el aire para no morir antes de investigar el misterioso sonido. Algo se movía allá en lo profundo del río. La única luz allá afuera provenía del gigantesco puente colgante (Una maravilla en infraestructura para el lugar. Sí, me distraje un momento).

Las manos me sudaban y los pelos de mi cuerpo los sentía estiraditos verticalmente. ¡Qué diablos era eso! ¿La selva me estaba llamando? No era posible que cuando había decidido ser una mujer independiente y viajar sola a la selva, me estuviera sucediendo esto. Respiré más profundamente y con ambas manos sostuve cada uno de mis senos elevándolos para darme valor y así, salir de la habitación. “Ni el Chullachaqui pudo conmigo en la carretera, tampoco lo hará esta voz”, me dije y salí.

Afuera, mi vecino de piso también estaba mirando con dirección al río. Tímidamente, me acerqué a él y le pregunté: “hola, ¿escuchaste esa voz?”. “También la escuché”, respondió. Mi pulso se aceleró y mi piel a la de una gallina copió en textura.

Luego de una sonrisita siniestra y sin separar la mirada del río, el jovenzuelo me dijo: “Es mi novia. Está allá en el río nadando y llamándome para que la acompañe, pero la verdad ya quiero dormir. Ella está un poco loca… por eso la amo”. Giré mi cabeza y a lo lejos divisé el rojo bikini de la condenada, cuya voz había alterado a mi mente paranoica y recientemente descubierta como cacógrafa.

“Así que tú eres BEN”, dije. “Sí”, respondió mientras estiraba su mano hacia mí. Con las pocas ganas de ser educada estreché ligeramente su mano y me despedí. Entré a la habitación con el rostro rojo y caliente. Esa noche dormí profundamente porque le ordené a mi inquieta mente que deje de intrigarse por cada mínimo sonido selvático. Y créanme, la selva está llena de aquellos sonidos parecidos a BEN y que nuestras mentes los confunden con VEN.

Así que, si alguna vez visitas la selva de mi país, no dejes que te engañe tan fácilmente. Esa gigante verde que rodea el Amazonas es muy juguetona, pero, a veces, nuestra mente lo es más.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tendré en cuenta esas voces cuando viaje al Amazonas. Buen relato !!

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    1. LaQueEscribe dice:

      Te encantará el Amazonas. Muchas gracias 😉

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  2. Carmen dice:

    Me esperaba otro final 🙂

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    1. LaQueEscribe dice:

      Yo también lo quise, pero al final, fui vencida por la aburrida realidad 😞

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      1. Carmen dice:

        Conozco demasiado bien esa sensación.. y la contraria también, esa cuando la realidad supera tus ficciones 🙂

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